sábado, 12 de marzo de 2011

Relato

El francotirador

A pesar de su fortaleza, Ivo Andric tiene que hacer grandes esfuerzos por subir las escaleras del campanario de la iglesia. Está amaneciendo, el cielo está cubierto de una tenue tela anaranjada, pero no hace frío, todo lo contrario, promete ser una calurosa mañana del mes de junio. El sudor recorre su espalda debido al trabajo que le está costando subir con toda la carga que arrastra por esas viejas escaleras de madera que crujen a cada paso que da. Las órdenes que le han comunicado están muy claras, y por nada del mundo quiere hacer enfadar al teniente Bolic, que tan bien se ha portado con él y su familia. Mientras va subiendo Ivo recuerda la última vez que subió al campanario, fue hace dos años, cuando la festividad del santo del pueblo y tras la misa, los muchachos subieron corriendo los peldaños de dos en dos e hicieron redoblar las campanas con gran algarabía y júbilo. Ivo recuerda esos momentos como agradables y felices, pero todo cambió cuando estalló la guerra, la maldita guerra. La última vez que sonaron las campanas fue para indicar que se acercaba el enemigo y todo el pueblo se escondió en sus casas, temerosos ante unas hordas de las que se decían cosas terribles, que violaban a las mujeres, que mataban y se comían a los niños, que despedazaban a los ancianos; cosas que eran capaces de atemorizar a cualquiera, pero había que defender el pueblo, no podían cruzarse de brazos y dejar que el enemigo entrara impunemente y destrozara todo lo que había costado tanto de crear, las casas, las cosechas, las familias. Familias enteras huyeron, aunque nunca se supo si lograron escapar de las manos enemigas. Éstos ya estaban a las afueras del pueblo cuando los primeros carros marchaban por el camino hacia las montañas. Bolic, que se autoproclamó teniente y defensor del pueblo, se erigió como líder y preparó la defensa. A Ivo, cuando unos meses después de estar apostado el enemigo en las afueras, Bolic lo mandó con una escopeta, una metralleta de alto alcance y una pistola hacia el campanario, que era el punto más alto del pueblo. Su misión era ejercer de francotirador y disparar a cualquier enemigo que entrara en la plaza.

Ivo, tras unos pocos tiros de entrenamiento la tarde anterior, ha llegado al campanario; unas palomas han levantado el vuelo al verle aparecer por su tranquila guarida, llenan el pequeño espacio de polvo que se queda flotando en el aire, mientras Ivo las ve partir y observa con cierta tristeza como desaparecen formando unas manchas grises y blanquecinas que atraviesan el cielo azul, limpio de nubes que reina esa mañana de junio. Desde que estalló la guerra también a él le hubiera gustado poder irse volando, flotar por esos campos que tanto quería, sobrevolar el río en el que jugaba de niño, pero esos tiempos ya aparecen muy lejanos en su memoria, la guerra hace apenas un año que llegó al pueblo y ya parece abarcar toda una vida. La guerra ha vuelto insignificantes al resto de cosas. Coloca en el ventanal que da a la plaza la metralleta, siente un gran alivio cuando logra dejarla en el suelo, respira profundamente el aire fresco que le aporta la altura. Desde ese lugar tiene una vista privilegiada del pueblo, puede ver todos los tejados rojos cubriendo las casas blanquecinas que se desparraman por el valle que en esos días del inicio del verano aún parece una mullida alfombra de color verde. Ivo se limpia el sudor de su frente y coloca la metralleta apuntando hacia la plaza, los rayos de un sol que ya ha salido reverberan sobre el cemento de la plaza y parecen rebotar en mil direcciones, deslumbrando ocasionalmente a Ivo que entrecierra los ojos para poder apuntar mejor. Le duelen los pies, hinchados por el calor y porque le quedan pequeñas las botas. Tiene la boca seca, apenas ha podido subir una botella de agua, la va a tener que racionar porque no sabe cuánto tiempo deberá permanecer apostado en ese lugar. ¿Qué dura una guerra? Hasta que ya no queda nadie a quien disparar, cuando no hay nadie que dispare, cuando todos estén muertos y con ellos el odio que ha iniciado la guerra, o quizás cuando haya pasado tanto tiempo que ya nadie recuerde el porqué se inició la guerra. La plaza está desierta, que contraste piensa Ivo, al haberla visto siempre con gente deambulando de un lado a otro, de niños corriendo, jugando con alguna cometa. Hace tiempo que no se ven cometas, ni niños jugando, Ivo se pregunta cuándo fue la última vez que escuchó la sonrisa de un niño en el pueblo, no logra recordarlo. Ivo prefiere alejar esos pensamientos de su mente y concentrarse en su cometido. Desde que se inició el conflicto ha pensado que tarde o temprano tendría que colaborar, que empuñaría un arma y se enfrentaría a algo que desde niño le había traumatizado: ¿Qué se sentía al matar a un hombre? Cuando el teniente Bolic le encomendó esta misión, al morir el anterior francotirador, no dudo en aceptarla, pero unos minutos más tarde se dio cuenta de lo que eso significaba, tendría que matar. Estamos en guerra y la gente muere, dijo su anciano padre unas semanas atrás. Eran nueve hermanos, cinco ya habían muerto a causa de la guerra. No tenía elección, debía defender a su pueblo del enemigo que permanecía agazapado a sus puertas. No dudaría, en el momento que viera a uno de ellos intentando entrar a la plaza dispararía. Un sonido de arrastre metálico devuelve a Ivo a la realidad. Parece un enorme camión en movimiento que arrastrara grandes cadenas. El sonido se va acercándose poco a poco, muy lentamente, piensa que sea lo que sea le cuesta avanzar debido a lo abrupto del terreno, pero unos minutos después ve la sombra de una mole metálica que le hiela la sangre: un tanque que se aproxima a la plaza, Ivo traga saliva y dispara. Es como cuando trataba de cazar ranas con las manos en el rio, imposible. Ivo ve entonces que el tanque actúa de escudo de unos soldados enemigos que esperan detrás de él. Pretenden avanzar protegidos detrás del tanque. Ivo apunta al hombre que está más alejado del tanque, dispara, ve como cae tras una sacudida y permanece inmóvil en el suelo. Ivo no siente nada. Vuelve a apuntar y dispara nuevamente. Desde que se ha despertado esa mañana con los nervios de la misión que le habían encomendado, no ha recordado que era su cumpleaños y que cumplía doce años.